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En 1987 el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife escribió una página histórica en lo referente a la participación de público en un baile celebrado en un lugar abierto, y se incorporó a las páginas del Guiness Book of Records.
El Carnaval tinerfeño puede presumir de aglutinar la magia y el encanto de cuantas celebraciones dedicadas a la máscara tienen lugar en otros lugares de la geografía mundial. Prueba de ello son las murgas, grupos que están formados por una media de cuarenta componentes y que heredaron el espíritu crítico y, sin embargo, cargado de humor que dejaron en la capital tinerfeña aquellos navegantes del buque cañonero Laya a comienzos de este siglo.
Algo similar sucede con las comparsas, que se implantaron en Tenerife allá por los años sesenta, cuando Manuel Monzón, después de un viaje realizado a Río de Janeiro, quedó prendado por el ritmo y la espectacularidad de los bailes de las escuelas de samba del Caribe.

De Venecia, Santa Cruz de Tenerife parece haber heredado el encanto de las máscaras, con las que el Carnaval tinerfeño siempre estará en deuda porque, gracias a la magia y al encanto de los antifaces, también el propio Carnaval se "enmascaró" como Fiestas de Invierno en los tiempos más duros de este siglo: la dictadura.
Junto a estas tres características, Santa Cruz de Tenerife aporta un género propio y único respecto a otros carnavales: las rondallas, agrupaciones lírico musicales que se atreven a interpretar, al son de instrumentos de pulso y púa, partituras de compositores de gran renombre a nivel nacional.
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